Assateague, la isla que es famosa por sus caballos

Frente a la costa atlántica de Estados Unidos la isla de Assateague es famosa por sus playas y por dos manadas de caballos salvajes, una que habita en el lado de Virginia y otra que ocupa la parte norte dependiente de Maryland. Son en total unos 300 ejemplares que nadie sabe con certeza como llegaron hasta allí.

En 1947 la escritora norteamericana Marguerite Henry publicaba el famoso relato infantil “Misty of Chincoteague”, un cuento para niños que tiene como protagonista al pequeño caballito Misty y que se desarrolla durante la celebración del “Pony Peening”, una fiesta que todos los años tiene lugar el último miércoles de julio y durante la cual la manada virginiana de caballos salvajes que habita en la isla de Assateague es conducida hasta la cercana ciudad de Chincoteague.

La razón última de esta fiesta popular es que una parte de los potrillos sean subastados y adoptados por aquellas personas que más ofrezcan por cada uno de los ejemplares, un dinero con el cual los bomberos de Chincoteague, que curiosamente y según las leyes de Virginia son los responsables de los caballos, puedan disponer de suficientes medios económicos para su cuidado.

Por otro lado la subasta anual de potrillos es el método empleado por las autoridades de Virginia para que la población de caballos del sur de la isla de Assateague se mantenga estable entorno a los 150 ejemplares, mientras que en la parte norte las autoridades de Maryland mantienen el número de 135 ejemplares gracias a una política de anticonceptivos inyectados a las hembras más jóvenes, permitiendo tan sólo que en su edad adulta cada yegua tenga al menos un potrillo. Con ello se consigue que los nacimientos equilibren a las muertes y que la manada de Maryland no crezca por encima de lo razonable.

La isla de Assateague está situada frente a la costa atlántica de Estados Unidos, tiene unos 63 kilómetros cuadrados de superficie y además de por sus playas de arena fina  es famosa por sus dos manadas de caballos salvajes. El origen de estos animales es incierto, aunque lo más probable es que sean descendientes de los animales que en otras épocas fueron llevados hasta allí por sus propietarios con el fin de evitar el pago de impuestos, aunque hay otras historias menos prosaicas que hablan de piratas y de diversos naufragios en la zona.

En Assateague hay turistas que entran y salen en el día pero no existe población residente, salvo los caballos de uno y otro lado que viven separados por una valla metálica fronteriza que marca los límites entre los estados de Maryland y Virginia. Dependiendo de la época del año los caballos suelen agruparse en la zona pantanosa del interior donde la hierba es más fresca, o en la zona costera donde los animales intentan aprovecharse de los vientos oceánicos para evitar las altas temperaturas del verano y las nubes de molestos insectos.

Del tamaño de un poni los caballos salvajes de Assateague son capaces de soportar el calor, las tormentas y sacar partido de una hierba tan escasamente alimenticia como la espartina, circunstancia que les obliga a complementar su nutrición con el llamado pasto de playa, que no es otra cosa que los restos de algas y de otros vegetales comestibles que el mar arroja a la arena.

A pesar de estar estrictamente prohibido la dieta de los caballos depende en buena parte de todos aquellos alimentos y golosinas que les facilitan los turistas que visitan la isla, lo que provoca que se haya hecho popular la típica imagen veraniega de Assateague en la se puede ver a bañistas y caballos compartiendo las playas como buenos vecinos.

El alto contenido en sal de los alimentos naturales que ingieren obliga a que estos caballos deban beber a diario grandes cantidades de agua, de ahí que todos muestren una apariencia hinchada por la cantidad de líquido que acumulan en su interior. Por regla general las manadas se dividen en pequeños grupos formados por al menos una decena de yeguas, un macho y potrillos de diferentes edades.

Un caso similar al de la isla norteamericana de Assateague sucede unos kilómetros más arriba con la isla canadiense de Sable, también en la costa atlántica, un semicírculo de tierra en forma de sonrisa de apenas un kilómetro y medio de ancho donde han naufragado más de 350 barcos y donde viven 300.000 focas y 400 caballos salvajes de los que nadie conoce su origen.

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