Superar la epidemia de Covid-19 nos ha hecho olvidarnos de otras patologías de menor rango aparente, como es el caso de la bronquiolitis, que tras el relajamiento en el uso de mascarillas, hábitos higiénicos y en la convivencia en espacios cerrados, ha regresado este año con fuerza. El mayor riesgo de la bronquiolitis es que afecta principalmente a bebés y a niños menores de dos años.

No salimos de una y nos metemos en otra. Cuando parecía que habíamos conseguido dominar a los distintos virus del Covid-19, nos llega de forma temprana una explosión de bronquiolitis, una patología respiratoria de origen viral que tiene como alarmante que afecta de forma generalizada y en mayor número a los niños menores de dos años, con la presencia de una “edad pico” entre los tres y los seis meses.
Desde un punto de vista médico se denomina bronquiolitis a la hinchazón y acumulación de moco en los bronquiolos, que son las vías pulmonares de menor diámetro. El resultado de ello es un bloqueo en el flujo de aire a través de los pulmones, lo que provoca la aparición más o menos grave de dificultad para respirar.
El hecho de que la bronquiolitis tenga una mayor presencia en bebés, es que en su caso los bronquiolos son más proclives a la obstrucción dado su diminuto tamaño, de ahí que los padres debamos estar muy atentos a los síntomas de este enfermedad (resfriado, aparición de fiebre, tos leve, etc) que puedan presentar sus hijos. Es fundamental acudir al hospital cuando los pacientes presenten principios de deshidratación y dificultad para respirar.
Qué virus producen la bronquiolitis
Lo primero que hay que resaltar es que la bronquiolitis no es similar a la bronquitis que sufrimos los adultos. La primera de estas patologías viene causada -fundamentalmente- por el Virus Sincitial Respiratorio (VSR), un patógeno al que están expuestos más del 50% de los bebés durante su primer año de vida, aunque la bronquiolitis también puede ser resultado de la acción de otros virus, como adenovirus, influenza, parainfluenza y metaneumovirus humano.

Estos virus se caracterizan, entre otras cosas, por ser muy contagiosos, utilizando para su propagación la saliva, las secreciones de nariz y garganta de pacientes infectados y las gotitas que quedan en el aire tras las toses y estornudos. En este sentido hay que anotar que además de niños los pacientes de bronquiolitis también pueden ser personas adultas que hayan entrado en contacto con el virus.
Una patología invernal
Los meses de invierno, finales de otoño y comienzos de primavera, son los más propicios para la aparición de esta patología que tiene un carácter estacional, pero lo que se ha comprobado este año es que la bronquiolitis se ha adelantado unas semanas con respecto a otras temporadas y que la ausencia de mascarillas en la vida diaria y la relajación de otras fórmulas preventivas (lavado de manos, distancia de seguridad, etc) está facilitando su propagación.
Y estos factores cobran una gran importancia en el caso de un virus que, como sucede con el Covid, se propagan fundamentalmente a través del aire que respiramos, de ahí que sea importante evitar los espacios cerrados, situaciones de hacinamiento, contacto con personas o niños que muestren síntomas de contagio, compartir utensilios como vasos, cubiertos, etc.

En el caso de bebés y niños pequeños las situaciones favorables a los contagios pueden darse en espacios de convivencia, como guarderías, colegios, parques, etc, para de ahí trasladarse a los hogares y al ámbito familiar.
Sin tratamiento farmacológico
El mayor problema de la bronquiolitis es que dado su origen vírico no tiene un tratamiento farmacológico específico, teniendo en cuenta que todos los antibióticos que existen están dirigidos a actuar sobre infecciones provocadas por bacterias.
De esta forma médicos y pediatras dirigen sus esfuerzos a paliar los síntomas de una enfermedad que tiene entre 1 y 2 días de evolución tras el contagio hasta que muestra su auténtico rostro, y que después necesita de una o dos semanas para desaparecer por completo.
En este sentido se utilizan succionadores de mucosidad y gotas de solución salina con el fin de despejar las fosas nasales, antipiréticos para reducir la fiebre que suele producirse y abundancia de líquidos y papillas para conseguir mantener hidratados a los pacientes, sobre todo en el caso de bebés que no se alimentan de leche materna.
En los casos más graves puede hacerse necesaria la hospitalización para tratar adecuadamente los problemas respiratorios hasta que desaparezca la infección, una situación que en algunos hospitales de nuestro país está saturando los servicios de urgencia.


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