Un reciente estudio realizado en Canadá ha identificado la relación existente entre una dieta alta en grasas y el desarrollo de conductas de alimentación compulsiva. La explicación estaría en la inflamación del hipotálamo provocada por un consumo excesivo de grasas, que a su vez produce un incremento de la sensación de hambre y un apetito desordenado que se traduce en obesidad.

En muchos casos la dieta actual está compuesta por un exceso de alimentos ricos en grasas, que desde el punto de vista de la salud provoca la aparición de enfermedades asociadas al sobrepeso y la obesidad. Además, este tipo de dieta desencadena en nuestro organismo un círculo vicioso complicado de revertir.¿Cómo?
Las grasas provocan una reacción inflamatoria en el hipotálamo que incrementa la sensación de apetito. Esto se traduce en la ingesta de una cantidad de comida superior a la necesaria y que en el medio y largo plazo contribuye a incrementar nuestro peso corporal.
En esta línea de trabajo un reciente estudio de la Universidad de Terranova (Canadá) ha analizado la relación existente entre la inflamación del hipotálamo, región cerebral encargada deregular el balance de energía y la sensación de hambre, y el consumo de una dieta alimenticia con niveles altos de grasas.
Por otro lado, los científicos han podido observar que la inflamación de este área cerebral también está asociada a enfermedades y otros trastornos del comportamiento alimenticio que provocan pérdida de peso en el individuo, como es el caso de la anorexia, lo que probaría el protagonismo que tiene hipotálamo en aquellas personas que realizan una alimentación compulsiva o desordenada.
No somos dueños de nuestro peso
Curiosamente, las personas no somos dueñas de nuestro peso o al menos no lo somos del todo, aunque eso no significa que debamos abandonarnos porque en una alimentación saludable y en la realización de ejercicio físico están muchas de las respuestas a nuestros problemas.
Por su parte, los investigadores canadienses han demostrado que las dietas que contienen altas cantidades de grasa provocan que moléculas, como la prostaglandina (PGE2), activen en nuestro cerebro la producción de la hormona MHC generando con ello una sensación de hambre.
En este escenario si los niveles de prostaglandina son elevados y se produce una inflamación intensa del hipotálamo la respuesta es una mayor sensación de apetito y al contrario sucede cuando los niveles de PGE2 son bajos.

La clave por lo tanto para mantener un peso ideal está en evitar los alimentos ricos en grasas y en provocar el bloqueo de la hormona MHC. De esta forma se puede conseguir evitar la obesidad y los problemas de salud asociados a la misma.
En este sentido los científicos coinciden en señalar que la dieta mediterránea presenta características antiinflamatorias, lo que explicaría muchos de sus efectos positivos sobre la salud de nuestro organismo.
El cerebro y el problema de la obesidad
De cara al futuro las previsiones sobre los trastornos y desórdenes de alimentación no son halagüeñas. Diferentes estudios apuntan a que a nivel mundial en menos de una década el 80% de los hombres y el 55% de las mujeres mostrarán síntomas de sobrepeso u obesidad.

En la actualidad, los fármacos que tienen como objetivo la reducción de peso, se han convertido en superventas en las farmacias. Por lo que los productos destinados a reducir peso y a controlar los desórdenes relacionados con el apetito están generando un gran interés en la industria farmacéutica.
Sin embargo, en opinión de los científicos canadienses hay que tener en cuenta que la acción de las prostaglandinas va más allá de la simple inflamación del hipotálamo y la sensación de hambre, de forma que los futuros tratamientos médicos y farmacológicos derivados de este estudio deberían tener en cuenta cuáles pueden ser los posibles efectos secundarios.

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