Con una superficie de dos metros cuadrados y un peso de 4,1 kg la piel es el órgano de mayor tamaño de nuestro cuerpo, el más sensible a la agresión de los agentes externos y el que mejor refleja nuestros estados de bienestar o malestar anímico. Por esta razón los dermatólogos coinciden en que las situaciones de estrés y de ansiedad tienen un reflejo negativo sobre la salud de nuestra piel. ¿Sabemos qué hacer para conservar la salud de nuestro apiel?

La piel puede considerarse el órgano más frágil, más expuesto al encontrarse en contacto con el exterior y de mayor tamaño de nuestro cuerpo. En el caso de una persona adulta la superficie total que ocupa su piel puede alcanzar los dos metros cuadrados y si la pusiéramos en una báscula comprobaríamos que su peso se sitúa en aproximadamente 4,1 kg. La zona de piel más fina se encuentra en los párpados (0,5 mm) y la más gruesa en los talones (4 mm).
Nuestra piel consta de dos partes, epidermis (externa) y dermis (interna), la primera de las cuales está formada por cuatro estratos: corneo, lúcido, gránulos y germinal. Es en la parte interna de nuestra piel donde se encuentran las glándulas sudoríparas, los folículos pilotos, las fibras nerviosas y el denominado tejido conectivo.
Aunque la mantengamos perfectamente hidratada los dermatólogos coinciden en que las situaciones de estrés y de ansiedad tienen un impacto negativo sobre el estado de nuestra piel, facilitando la aparición de sudoración, exceso de grasa, sequedad, ronchas, manchas, rojeces, descamación, sarpullidos, etc.
Algunos de estos síntomas son típicos de lo que los dermatólogos califican como dermatitis atípicas y que suelen coincidir con la aparición de un proceso de envejecimiento prematuro de la piel, que suele ir acompañado de la aparición o acentuamiento de las arrugas y de las patas de gallo.
Por qué el estrés daña nuestra piel
Nuestra piel, especialmente sensible a los agentes externos (sol, frío, contaminación, etc) y a las situaciones internas que registra nuestro cuerpo en cada momento, está conectada con el sistema nervioso central y con el sistema circulatorio de forma que cualquier alteración anímica repercute negativamente en su apariencia y en su estado de salud.

La principal razón de este comportamiento es que la ansiedad y el estrés provocan que nuestro organismo libere una serie de hormonas que producen la vasoconstricción de la piel, reduciendo con ello el riego sanguíneo y el aporte de nutrientes, y que provocan reacciones alérgicas e inflamaciones de todo tipo.
Por otro lado, el estrés actúa sobre el sistema inmunológico reduciendo el número de defensas cutáneas y estimulando la producción de adrenalina y corticoides.
Cómo debemos cuidarla
La hidratación es un factor básico en el cuidado de nuestra piel, de ahí que los expertos aconsejen que a diario bebamos al menos dos litros de líquidos, incluso en invierno, y que empleemos cremas hidratantes, jabones neutros que sean respetuosos con nuestra piel y vestimentas cómodas que permitan la correcta aireación y sudoración de nuestra epidermis.
En este sentido hay que tener en cuenta que los productos que contengan, entre otros, ácido hialurónico son especialmente interesantes, puesto que esta sustancia química tiene la propiedad de contribuir a captar y retener el agua que necesita nuestra piel para su correcta hidratación.

Pero si queremos evitar situaciones de estrés y de ansiedad algunas de las cuestiones fundamentales son, entre otras cosas, dormir bien y descansar las horas necesarias, además de mantener una dieta sana y equilibrada alejada de un consumo excesivo de alimentos grasos, bebidas estimulantes, alcohol, etc.
También es aconsejable acudir a expertos que puedan ayudarnos a superar este tipo de situaciones desde un plano psicológico y en ningún caso nos automedicaremos, puesto que hay que tener en cuenta que los compuestos de muchos fármacos no ayudan a que nuestra piel presente un aspecto luminoso y saludable.

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