Los míticos caballos Clydesdale de la cervecera Budweiser

Originarios de Escocia desde 1933 los caballos Clydesdale son uno de los iconos de los ciudadanos norteamericanos al convertirse en imagen de Budweiser y en protagonistas de la publicidad que esta marca de cerveza emite anualmente durante la celebración de la SuperBowl.

El récord de tiro está en las manos, o mejor dicho en las patas, de un caballo Clydesdale que allá por 1823 consiguió arrastrar nada más y nada menos que 128 toneladas. Unos años después -en 1852- dos inmigrantes alemanes fundaron en St. Louis (Missouri) la cervecera Ahheuser-Busch que hoy tiene un 46,3% del mercado americano y que es propietaria, entre otras, de la popular Budweiser.

En Estados Unidos esta marca cervecera tiene dos días señalados en el calendario. Uno es el 7 de abril cuando se celebra oficiosamente el “día nacional de la cerveza” y otro es la Final de la SuperBowl, evento donde Budweiser viene siendo uno de los anunciantes por excelencia en una jornada donde los norteamericanos consumen miles de litros de cerveza.

Fue en 1933 cuando para celebrar el final de la Ley Seca los responsables de Budweiser decidieron adquirir los primeros caballos Clydesdale para arrastrar los carros y cisternas de la cervecera, animales que con el tiempo se convertirían en muy populares en Estados Unidos gracias a la televisión, en iconos de cuatro patas para Budweiser y en protagonistas de su imagen y de sus campañas de publicidad, lo que les supuso entrar en el paraíso que habitan las estrellas de la pantalla y de alguna forma impidió que al final de la Segunda Guerra Mundial esta raza de caballos desapareciera al ser sustituidos en los campos por las nuevas máquinas agrícolas.

El origen de los Clydesdale está en Escocia, concretamente en el valle del río Clyde de donde toman su nombre. Estos caballos de tiro y arrastre con 1,80 metros de alzada, cabeza pequeña, frente blanca, cuerpo largo en forma de arco, con unos cuartos traseros robustos y musculados y muy reconocibles por la característica “pluma” que adorna sus patas alrededor de las pezuñas, estuvieron en el listado de razas vulnerables desde la Primera Guerra Mundial y a punto estuvieron de ser calificados como especie en extinción en la década de los setenta.

Los expertos afirman que los Clydesdale comenzaron siendo caballos de pequeño formato, aunque a día de hoy esta raza que se forjó a finales del siglo XVIII y a lo largo del XIX está considerada como una de las de mayores dimensiones. El Duque de Hamilton y John Petterson fueron los primeros en cruzar ejemplares escoceses autóctonos con sementales y yeguas flamencas, un resultado que se tradujo en animales de mayor porte.

Caballos Clydesdale.

Más tarde se añadió sangre de caballos pura sangre ingleses y de ejemplares Shire, de forma que a lo largo del XIX los caballos Clydesdale, ya con ese nombre, comenzaron a extenderse por Reino Unido, Estados Unidos y Australia, país este último donde los colonizadores los utilizaron en gran número en sus explotaciones agrícolas lo que les más tarde les valió el título de “la raza que construyó Australia”.

En 1877 los Clydesdale eran ya internacionales y para preservar las características de la raza se creó la Clydesdale Horse Society, entidad que contribuyó positivamente a que estos caballos no desaparecieran tras las dos contiendas mundiales y la creciente mecanización de las tareas agrícolas e industriales.

Su gran tamaño y sus diferentes capas (bayo, castaño, tordo, negro o ruano) casi siempre con atractivas y estéticas manchas blancas, ha convertido a los Clydesdale en unos caballos muy aptos para el espectáculo y para todo tipo de actividades ecuestres, aprovechando además de que se trata de animales muy longevos y también muy resistentes a las enfermedades, virtudes que los ha convertido en caballos todoterreno que también admiten la monta y el enganche.

Los potros Clydesdale son un auténtico encanto, una virtud que ha provocado su utilización como mascotas en sus primeros meses de vida, aunque después “los caballos de la Budweiser” como son mundialmente conocidos van creciendo y con ello convirtiéndose en demasiado grandes como para vivir en un jardín familiar de dimensiones normales.

Finalmente, cuentan las leyendas equinas que la Reina Isabel II se quedó prendada de un ejemplar de Clydesdale que tiraba de un tradicional carro de leche por las calles de Londres, pero a pesar de la conocida pasión que tiene la monarca británica por los caballos creemos que en las cuadras reales no hay ningún Clydesdale.

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