
En 1925 los ingenieros de BMW decidieron incorporar un motor de avión en el BMW Brutus, pero curiosamente un año antes de aquella hazaña -1924- el piloto británico Ernest Eldridge había hecho lo mismo sobre un Fiat SB Corsa. Al volante del «Mefistofele» Eldridge consiguió un récord de velocidad de 234,98 km/h en un vibrante duelo con el Delage Torpedo.
En 1925 los ingenieros de BMW montaron un motor de avión sobre el chasis del BMW Brutus, un experimento que muchos aficionados a los clásicos creían único en el mundo, aunque repasando la historia de la automoción resulta que un año antes -1924- los ingenieros de Fiat y el piloto británico Ernest Eldridge ya habían tenido una idea similar.
Como le sucede al BMW Brutus, que hoy podemos verlo expuesto en el Museo de la Técnica de Sinsheim (Alemania), desde 1970 el Fiat SB4 Corsa descansa en el Centro Histórico que Fiat tiene en Turín, después de que la firma italiana hiciera un gran esfuerzo económico para recuperarlo de manos de un coleccionista británico.

Un demonio sobre ruedas
En 1924 el Fiat SB Corsa no alcanzó en su duelo con el Delage Torpedo la endiablada velocidad de 235 km/h, aunque sí consiguió que la manilla de su velocímetro marcara los 234,98 km/h.
Gracias a ello el SB Corsa fue renombrado con el apelativo de «Mefistofele», un demonio originario de la mitología alemana. Lo cierto es que un año antes de la aparición del BMW Brutus, la mente perversa del piloto británico Ernest Eldridge ya tuvo la idea de colocarle un motor de avión a un coche.
Tras los primeros ensayos el propio Eldridge consideró que para ponerse al volante del «Mefistofele» había que tener muy poco aprecio por la vida, por lo cual él fue la única persona que condujo aquella endiablada versión del Fiat SB Corsa.

Un motor de bombardero
Eldridge había participado en la Primera Guerra Mundial como conductor de ambulancias y al final de la contienda mantuvo su pasión por los automóviles, comenzando a participar en las primeras competiciones automovilísticas que se celebraban en Europa.
Por su parte, durante la contienda Fiat se había especializado en la fabricación de motores de aviación, donde destacaba una mecánica de seis cilindros y 21.706 cc muy utilizada en aviones pesados. Cuando Eldridge le contó a Agnelli su proyecto lo primero que hicieron los ingenieros de Fiat fue comenzar a trabajar en un motor capaz de operar con cuatro válvulas y con bujías de Magneti Marelli.
El motor del «Mefistofele» era capaz de desarrollar 350 CV a un régimen de 1.800 rpm, con un nivel de compresión de 5:1 que provocaba un ruido tan infernal como las propias prestaciones de aquel endiablado modelo.
Una vez colocado el motor sobre el chasis tan sólo quedaba «vestir» el Fiat SB Corsa y para ello Eldridge aprovechó la carrocería de un autobús accidentado.

El gran duelo
Los «espías» de Delage, una firma francesa dedicada a la fabricación de automóviles lujo y deportivos, informaron que Eldridge y Fiat andaban desarrollando un torpedo de cuatro ruedas, razón por la cual sus responsables propusieron poner las cartas sobre la mesa y proponer el que está considerado como uno de los mayores duelos de la historia de la automoción.
Los participantes en este duelo serían el Delage «La Torpille» (El Torpedo) conducido por René Thomas, campeón de las 500 Millas de Indianápolis, y el «Mefistofele» conducido por Ernest Endridge. Los motores de ambos diablos sobre ruedas podían desarrollar una potencia máxima de 350 CV.
Se acordó que el duelo tendría lugar el 5 de julio de 1924 cerca de la localidad francesa de Arpajón, en uno de los tramos de la Route Nationale 20. En una primera intentona «Mefistofele» alcanzó los 230,55 km/h, aunque el récord de velocidad fue invalidado porque el vehículo de Fiat carecía de marcha atrás, un requisito que se consideraba indispensable para certificar el récord conseguido.

Un día después el velocímetro de «Le Torpille» llegó a los 230,63 km/h y a la vista del resultado Eldridge propuso un nuevo gran duelo para el 12 de julio, un reto que los responsables de Delage aceptaron convencidos de que la ingeniería francesa se impondría de nuevo a la entente angloitaliana.
En esta ocasión «Mefistofele» alcanzó los 234,98 km/h, un logro que hizo que las autoridades decidieran que a partir de ese momento ese tipo de pruebas de velocidad se debían realizar en entornos cerrados.

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