Molinero, el caballo que salvó a Hernán Cortés en la batalla de la Noche Triste

Los barcos de la expedición española llevaron a México un total  de diecisiete caballos, a partir de los cuales se desarrollaron muchas de las actuales razas autóctonas. Molinero acompañó a Cortés en su regreso a España y está enterrado en los jardines del Colegio de las Irlandesas, antiguo Palacio de Montpensier.

Molinero, el caballo de Hernán Cortés.

Cuando los primeros conquistadores españoles llegaron a América hacía cientos de años que los caballos del Nuevo Mundo se habían extinguido, lo que significa que todas las actuales razas equinas americanas autóctonas comparten una misma procedencia, porque su origen se encuentra en aquellos ejemplares llegados al continente tras su descubrimiento.

Para los indígenas que poblaban aquellas tierras un jinete era por lo tanto algo sobrenatural, la representación terrenal de una divinidad venida del cielo y en su creencia religiosa estaban convencidos de que hombre y animal conformaban un solo ser inmune a sus flechas y a sus lanzas.

Tal era su sorpresa y sumisión ante la presencia de los caballos que los habitantes de la ciudad sagrada de Tziunchán llegaron a convertir en dios a uno de los animales abandonados allí por los conquistadores, levantando en su honor a su muerte un monumento en piedra a tamaño real con el fin de no enemistarse con los dioses y provocar su venganza.

Lo cierto es que tras el desembarco de Cristóbal Colón los primeros caballos llegaron desde España a la isla de Santo Domingo, uno de los primeros territorios colonizados. Allí se aclimataron al que sería su nuevo hábitat y desde allí su presencia comenzó a extenderse por todo el continente de la mano de las consecutivas expediciones que fueron añadiendo a las propiedades de la corona española los derechos sobre los nuevos territorios explorados.

En 1519 Hernán Cortés partió desde Cuba con dirección a Tabasco (México) al mando de once navíos en los que viajaba una milicia compuesta por 570 soldados, 250 indígenas antillanos, once cañones y 17 caballos (once machos y seis yeguas). El objetivo de este pequeño ejército era desembarcar en las playas de la actual Veracruz para explorar y conquistar México y la zona de Centroamérica.

Molinero, el caballo de Hernán Cortés

Una vez desembarcados cuando Hernán Cortés se entrevistó por primera vez con el más importante de los caudillos indígenas, la sorpresa del capitán español fue ver como Moctezuma le rendía pleitesía nada más verlo llegar montado en Molinero, el caballo hispano-árabe con el que Cortés había derrotado la resistencia azteca y que posteriormente le acompañaría en todas sus campañas.

Durante la conquista de México la historia cuenta que Hernán Cortés montó algunos otros ejemplares, aunque Molinero siempre fue su preferido, tanto que a su regreso a España este caballo volvió con él y ahora está enterrado en lo que fue el antiguo Palacio de Montpensier, actualmente sede del Colegio de las Irlandesas en Castilleja de la Cuesta (Sevilla), donde el famoso conquistador nacido en Medellín (Badajoz) en 1485 moriría el 12 de febrero de 1547 a la edad de sesenta y dos años.

Quienes hayan visitado los jardines del Colegio de las Irlandesas es muy posible que hayan fijado su atención en la existencia de una lápida en la que figura una extraña inscripción -CORDOBÉS-. Este fue el nuevo nombre con el que una vez en España fue rebautizado Molinero, el caballo que montó Hernán Cortés durante la conquista de México y que entre otras hazañas le salvó de una muerte segura en la famosa batalla de la Noche Triste, cuando entre el 30 de junio y el 1 de julio de 1520 las tropas españolas fueron derrotadas estrepitosamente por los indígenas aztecas en las orillas del lago de Tenochtitlan.

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