Ponis islandeses, los caballos europeos más al norte

Nadie sabe cómo llegaron hasta Islandia los ponis o caballos autóctonos que habitan esta isla, el territorio más septentrional de Europa. Casi desaparecidos en 1780 por la erupción del volcán Laki, los caballos islandeses son hoy uno de los atractivos turísticos para poder conocer el país.

A día de hoy en el mundo equino existe una pregunta sin respuesta: ¿Cómo llegaron los caballos hasta Islandia? Esta isla de 103.000 km2 situada en el Atlántico Norte entre el continente europeo y Groenlandia está lo suficientemente alejada de tierra firme como para poder pensar que los primeros caballos pudieran llegar hasta allí por sus propios medios. Así que alguien los tuvo que llevar. ¿Quién?

Los expertos sostienen que los caballos islandeses que hoy pueblan la isla fueron llevados por los vikingos sobre el año 800 y que por ello en su ADN existirían rasgos de los animales que en aquel momento poblaban Escandinavia, lógicamente, pero además las islas Shetland, Feroe e incluso las costas británicas, lugares a donde la colonización vikinga ya había llegado antes de tocar tierra islandesa.

Lo cierto es que estos ponis -en Islandia prefieren llamarlos caballos- aparecen citados por primera vez en el siglo XII, convertidos en ese momento en animales de culto religioso en la mitología nórdica. En 1780 los caballos islandeses prácticamente se extinguieron víctimas de la gigantesca erupción del volcán Laki, aunque un grupo de criadores consiguió salvar de la desaparición a esta raza autóctona, la única que existe en Islandia, y en 1904 crear oficialmente la primera Sociedad del Caballo Islandés.

Aunque los islandeses, aproximadamente 350.000, están muy orgullosos de sus «caballos», lo cierto es que por su altura -135 centímetros- deben ser calificados de ponis. Estos animales pesan entre 300 y 400 kg, presentan un cuerpo muy musculado, fuerte y compacto, una espesa capa de pelo y grasa que los aísla del frío en los duros inviernos islandeses y su longevidad puede alcanzar fácilmente los 35-40 años, aunque existen datos de ejemplares que alcanzaron los 55 años.

En invierno Islandia no es precisamente un lugar «friendly» para cualquier herbívoro dado que la nieve y el hielo cubren importantes zonas del país, momento en el cual los caballos suelen buscar las zonas costeras donde las temperaturas son más benignas y por lo tanto donde les es posible encontrar alimento. Las extremidades de estos ponis son cortas pero les permiten caminar con agilidad con un paso que puede alcanzar los 25 km/h.

Tradicionalmente los ponis islandeses han sido utilizados en tareas agrícolas y como animales de monta, una labor esta donde destacan con respecto a otras razas de caballos. Los expertos han descubierto que estos animales tienen una mutación en su cerebro que les permite ofrecer cinco tipos de pasos, cuando lo habitual en el resto de caballos son tres: paso, trote y galope.

Los dos movimientos complementarios de los ponis islandeses son los llamados «Tolt» un paso suave y «Flugskeid» o paso volador. Esta diversidad de pasos se traduce en que la monta de estos animales es confortable y cómoda para los jinetes que apenas se mueven sobre la silla. En Islandia se suele decir que es posible montar uno de sus caballos autóctonos con una jarra de cerveza en la mano y sin que haya pérdida de líquido durante el viaje. ¿Hacemos el experimento?

Seguramente haya mucha verdad en ello porque una de las formas que tienen los turistas de conocer Islandia es a lomos de sus ponis. Esta isla es se conserva muy salvaje, está poco habitada y cuenta con grandes superficies libres de presencia humana, de forma que para llegar a muchos lugares de interés turístico los todoterrenos o los caballos son la única forma de hacerlo.

La restricción de estos ponis al ámbito islandés los hace especialmente inmunes a las enfermedades que afectan a las razas continentales y para preservar esta circunstancia, dado que sus organismo carecen de defensas para combatirlas, hace muchos años que las autoridades islandesas no permiten la importación de caballos, ni siquiera el retorno a casa de aquellos animales autóctonos que salieron de la isla en algún momento.

Libres –además- de depredadores naturales, puesto que en Islandia no hay lobos ni osos polares, los ponis islandeses tan sólo deben temer a las erupciones volcánicas y a los duros inviernos del norte donde las horas de luz prácticamente no existen durante al menos seis meses al año, una circunstancia ambiental que ha provocado que estos animales estén perfectamente adaptados a vivir en entornos con poca visibilidad.

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